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ESTACIÓN RETIRO: DONDE NADIE SE QUEDA

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Por Luciano Lovecky. Apenas se atraviesan las puertas de la estación de Retiro, el ruido cambia. Afuera quedan los colectivos, las bocinas y el movimiento de la avenida. Adentro aparece otro sonido: ruedas de valijas que golpean contra el piso, anuncios por los parlantes, pasos apurados y voces que se mezclan sin terminar de escucharse.

Son las primeras horas de la tarde y la estación está llena. Algunos miran el tablero de horarios como si esperaran encontrar una respuesta diferente a la que ya conocen. Otros permanecen sentados sobre sus bolsos. Hay quienes comen algo rápidamente antes de subir al tren y quienes simplemente esperan.

Retiro es, para muchos, un lugar de paso. Pero durante el tiempo de espera se convierte en una pequeña ciudad.

Una mujer sostiene a su hijo de la mano mientras busca el andén correspondiente. Un hombre mayor pregunta por un horario. Una pareja discute en voz baja sobre si tienen todos los bolsos. Cerca de ellos, un vendedor ambulante camina entre los pasajeros ofreciendo productos.

—Medias, cargadores, caramelos, tres por mil —repite.

Su voz aparece y desaparece entre el murmullo general. Camina unos metros, se detiene, muestra la mercadería y continúa. No parece tener demasiado tiempo para conversar. En una estación donde todos esperan algo, él también tiene su propia urgencia: vender antes de que salga el próximo tren.

Los vendedores ambulantes forman parte del paisaje cotidiano de Retiro. Algunos llevan bolsos pequeños; otros cargan mochilas o cajas. Ofrecen desde alimentos y bebidas hasta accesorios para celulares. Conocen los horarios de mayor movimiento y también saben reconocer a quienes están dispuestos a detenerse.

“Hace años que vengo. Acá siempre hay gente. Algunos compran porque necesitan algo y otros porque ven que lo tenés barato”, cuenta uno de ellos mientras acomoda su mercadería.

A pocos metros, una joven espera sentada sobre una valija. Tiene los auriculares puestos y mira el teléfono. Cada tanto levanta la cabeza para observar el tablero. Su tren todavía no aparece.

—¿Hace mucho esperás?

—Casi una hora. Vine con tiempo porque prefiero esperar acá antes que perder el tren.

Como ella, cientos de pasajeros convierten la espera en una rutina. El celular es el compañero más frecuente. Se revisan mensajes, redes sociales, horarios, mapas. Algunos miran videos. Otros hacen llamadas. También están quienes aprovechan esos minutos para dormir.

Un hombre de unos cincuenta años está sentado solo, con una mochila apoyada entre sus pies. Viaja hacia el interior del país.

—Voy a visitar a mi hermana. Hace bastante que no la veo —dice.

Habla tranquilo, como si el viaje fuera mucho más importante que la estación. Para él, Retiro es apenas el comienzo de algo que sucede lejos de Buenos Aires.

Esa es una de las particularidades del lugar: cada pasajero llega con una historia distinta.

Hay quienes viajan por trabajo, quienes regresan a sus casas, quienes van a visitar familiares y quienes parten de vacaciones. Algunos conocen perfectamente la estación y se mueven con seguridad. Otros miran los carteles varias veces antes de decidir hacia dónde caminar.

El movimiento aumenta cuando anuncian la llegada de un tren.

De repente, los pasajeros se levantan. Las valijas empiezan a avanzar. Los vendedores cambian de posición. Las familias se agrupan. Los que estaban distraídos con el teléfono guardan rápidamente sus pertenencias.

Durante unos minutos, todo parece acelerarse.

Después, el tren parte.

Y la estación vuelve a respirar.

Quedan algunos pasajeros esperando el próximo servicio, vendedores que continúan caminando y trabajadores que siguen con su rutina. En uno de los bancos, una mujer abre una botella de agua. En otro, un joven duerme con la cabeza apoyada sobre su mochila.

Retiro no se detiene. Cambian las caras, cambian los trenes y cambian los destinos, pero la escena vuelve a repetirse.

Quizás esa sea la verdadera identidad de la estación: nadie permanece demasiado tiempo, pero durante unos minutos todos forman parte del mismo paisaje.

Un vendedor ofrece su mercadería. Un pasajero mira el reloj. Una familia busca un andén. Alguien se despide. Otro llega.

El próximo tren está por salir.

Y otra vez, todos se ponen en movimiento.