Por Luca Palmas. Malungo, en el uso de varias lenguas afrodescendientes, es el compañero, el camarada, el hermano de viaje. Es también el nombre de la que muchos lectores y especialistas consideran la primera librería afrocentrada del país. Su dueño, Roberto Ruiz Sena, la sostiene solo en la feria del Parque Centenario, entre libros de historia africana, revistas de boxeo y banderas del panafricanismo. Lo entrevisté para entender cómo un hombre criado en Lanús, con el reggae como puerta de entrada, armó un archivo vivo de la cultura afro y de los autores que las librerías comerciales dejaron afuera.
¿Qué se encuentra en Malungo?
Al público le puedo ofrecer principalmente bibliografía afrocentrada. Después, un poco de deporte, algo de rock, algo de política. De esas temáticas no me sacás. Es lo que yo consumo. Vendo lo que me gusta a mí. También tengo muchos libros en portugués, porque en Brasil se edita un montón sobre la temática afrocentrada, y material descatalogado de la cuestión afrouruguaya, ediciones de los años cincuenta que nunca se reimprimieron. Si me pongo con estos libros en una esquina, no me compra nadie. Yo voy a buscar a la gente que consume esto.
¿Cómo empezó tu interés por la historia afro?
Por el reggae. A principios de los noventa tenía un programa de radio y un fanzine, y traducía las letras de mis músicos favoritos. Muchas hablaban de barcos, de gente traída acá, secuestrada de África, esclavizada. Entonces empecé a comprar libros sobre esa temática, que en ese momento eran baratísimos porque no estaban de moda. Tenía mucho de Mandela, de (Martin) Luther King. Hasta que un día pensé: ¿qué pasa si viene alguien de otro país y me pregunta qué pasó acá, en el tuyo? Ahí me puse a buscar material sobre los afroargentinos.
Cuando pedías libros sobre historia afroargentina en las librerías de Capital, ¿qué te respondían?
Me miraban como a un bicho raro. Me decían que estaba loco, que acá no había negros. Tengo un montón de anécdotas de esa época. Una vez uno me explicó cómo se terminaron los negros: que un prócer había contratado un barco, lo había llenado de negros y lo había hecho hundir. Eso me animaba más todavía.
¿Hubo algún libro que te haya marcado?
La autobiografía de Malcolm X. Cambió mi vida. Me sentí totalmente reflejado. Es mi Biblia, mi libro de cabecera. Mis referentes del reggae cantaban temas sobre Malcolm, sobre Marcus Garvey, sobre Martin (Luther King), y yo quería saber quiénes eran esas personas. A lo mejor, si mis ídolos hubiesen sido blancos, hoy no estaría acá.
¿Cómo pasaste de juntar libros para vos a abrir una librería?
Primero me compraba libros para mí. Yo no sabía que en el futuro iba a tener una librería. Primero fui librero ambulante: armaba donde podía. Hasta que me salió la chance de tener este puesto y ya tenía todo: la decoración y los libros. En mi casa tenía una biblioteca inmensa, me sacaba fotos al lado y me escribían para preguntar dónde quedaba esa librería. Al lado estaba mi cama, pero no se veía. Después empezó a escribirme gente de otros países, estudiantes, gente que prepara una tesis, y me hace sentir bien haber hecho algo bueno.
Vendés ediciones descatalogadas y obras de autores casi desconocidos. ¿Por qué?
Mirá, había gente que llevaba su libro a una librería y no se lo ponían en la vidriera. Quedaba perdido en una caja, en un sótano, como si nunca hubiera existido. Entonces, se rendían. Yo me enteré de quiénes eran esas personas, ya viejitos. Entonces iba, les golpeaba la puerta y les decía que buscaba comprarles sus libros. Ahí surgieron relaciones. Yo quería que saliera a la luz eso que quedó olvidado. Era como un curador.
¿Qué sueño tenés más allá de Malungo?
Me llama la atención que en 200 años de historia del Estado Argentino a nadie se le ocurriera poner una librería así. Yo lo hice. Alguien lo tenía que hacer, me tocó a mí. Pero mi sueño es una biblioteca afrocentrada, donde alguien que viene de afuera y quiere investigar pueda encontrar material y tenga una fotocopiadora para llevarse las cosas gratis. Yo lo veo como un paso previo. No importa si estoy yo a cargo, pero que exista.
