Copyrights @ Journal 2014 - Designed By Templateism - SEO Plugin by MyBloggerLab

,

PEDALEAR PARA LLEGAR A FIN DE MES (CRÓNICA)

Share

Por Julián Sanguinetti, Ignacio Cabarcos y Andrés Pinzón. A las cuatro de la tarde, Gabriel apoyó el celular sobre el soporte de la bicicleta y se conectó a la aplicación. Estaba parado en una esquina de Palermo, cerca de varios locales de comida rápida donde normalmente empezaban a aparecer pedidos a esa hora. Mientras esperaba la primera notificación, tomó un poco de agua y miró cómo otros repartidores iban llegando de a poco a la zona. Algunos charlaban apoyados contra las motos; otros revisaban constantemente la pantalla del teléfono, atentos al sonido que marcaba el inicio de un nuevo viaje.

Hacía varios meses que trabajaba como repartidor para una aplicación de delivery. Había empezado buscando una forma rápida de ganar plata y sostenerse por un tiempo. Según contaba, el trabajo era “medianamente rentable”, aunque eso dependía de muchas cosas: la cantidad de horas trabajadas, la zona, las propinas y, sobre todo, el vehículo que se usará para repartir.

Él trabajaba en bicicleta.Decía que en moto probablemente se ganara mejor, pero que arriba de la bicicleta el desgaste físico era mucho más evidente. Aun así, se había acostumbrado a pasar largas horas pedaleando entre autos, colectivos y semáforos. La rutina empezaba siempre igual y terminaba cerca de la medianoche. “Cuanto más trabajas, más ganas”, resumía.

Por eso rara vez descansaba durante los horarios fuertes. De lunes a lunes, salía desde las cuatro de la tarde hasta las doce de la noche. Los fines de semana incluso se quedaba un rato más porque eran los momentos con más pedidos y mejores ganancias.

Apenas apareció la primera orden en la pantalla, Gabriel arrancó por Avenida Santa Fe rumbo a un local de sushi. Entró, dijo el número del pedido y esperó junto a otros repartidores que ocupaban casi toda la entrada del comercio. Algunos hablaban sobre promociones de las aplicaciones; otros comparaban cuánto habían ganado esa semana.

La espera era parte del trabajo. A veces los pedidos estaban listos enseguida y otras veces podían demorarse varios minutos. Mientras tanto, los repartidores seguían pendientes del tiempo porque cada entrega representaba dinero.

Cuando salió del local con la bolsa guardada en la mochila térmica, volvió a pedalear rápido entre el tránsito de Palermo. Ya conocía las calles donde más convenía moverse y cuáles evitar en horarios pico. Según explicó, zonas como Recoleta y Palermo eran las que más trabajo generaban porque había muchos restaurantes y clientes que usaban constantemente las aplicaciones.

También decía que en esos barrios las propinas hacían una diferencia importante. En Buenos Aires, contaba, la cultura de dejar algo extra ayudaba bastante a los repartidores. Muchas veces, la plata de las propinas terminaba siendo casi tan importante como el pago de la propia aplicación. Sobre todo porque parte de las ganancias se iban en descuentos, comisiones y gastos como el monotributo, obligatorio para trabajar en algunas plataformas.

A mitad de la noche, Gabriel frenó unos minutos cerca de Plaza Italia para comer algo rápido. Sentado sobre un banco, apoyó la bicicleta a un costado y revisó cuánto llevaba ganado hasta ese momento. Comentó que, trabajando fuerte y aprovechando bien los horarios, podía sacar una diferencia interesante. Aunque aclaró que el esfuerzo físico era grande y que no imaginaba haciendo eso toda la vida.

Siempre había pensado el delivery como algo temporal. La idea era ahorrar una parte de lo que ganaba para después dedicarse a otra cosa. Según él, muchos repartidores terminaban acostumbrándose a vivir el día a día y gastaban toda la plata apenas la cobraban. Él intentaba evitar eso. Quería usar el trabajo como una ayuda momentánea, no como un destino definitivo.

A pocos metros, otros repartidores descansaban mirando videos desde el celular o hablando sobre bicicletas y aplicaciones. Muchos combinaban el delivery con otros trabajos o estudios. Algunos hacían jornadas completas; otros, como Gabriel, aprovechaban sus horas libres para sumar ingresos extra después de salir de otro empleo.

Con el correr de la noche, el movimiento aumentó todavía más. Las mochilas naranjas y rojas se mezclaban entre las luces de los restaurantes abiertos y el ruido constante de la avenida. Gabriel seguía aceptando pedidos casi sin detenerse. El celular vibraba apenas terminaba una entrega y enseguida aparecía otra dirección en el mapa.

Cerca de las doce, finalmente decidió desconectarse. Frenó en una esquina de Recoleta, se sacó el casco y volvió a mirar el resumen del día en la aplicación. Había trabajado varias horas seguidas y todavía tenía que levantarse temprano al día siguiente para cumplir con su otro empleo.

Antes de irse, guardó el celular en el bolsillo y se quedó unos segundos mirando el movimiento de la ciudad. Algunos repartidores seguían esperando pedidos frente a los locales abiertos; otros recién empezaban el turno de la madrugada.

Gabriel, en cambio, volvió a subirse a la bicicleta y arrancó despacio por la avenida. Al día siguiente probablemente repetiría la misma rutina: pedalear durante horas, perseguir pedidos y tratar de guardar algo de plata para pensar, más adelante, en un trabajo distinto.