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VACACIONES DE INVIERNO EN PINAMAR

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Por Luca Palmas. Terroríficos. Uno atrás del otro, y un cielo encapotado que les da un toque cinematográfico. En lo más alto de las palmeras y los pinos. Las plumas fosforescentes. Los loros. El ruido que producen, el único que se escucha a esa hora en Bunge, la avenida principal de Pinamar, es perturbador: suspende los pensamientos y hace olvidar del frío. La calle parece vacía, los policías perdidos en sus teléfonos celulares, los locales cerrados, olor a madera vieja, las sillas patas para arriba. Los motores V8 de las camionetas están silenciados. Los otros vehículos son taxis: Ecosport, Sandero, Corolla. Verdes y blancos. Todos cero kilómetro, sin pasajeros. 

Son las cinco de la tarde de un sábado de julio. Disculpá, ¿estamos en las vacaciones de invierno?, pregunta un hombre con la mitad del torso metido en uno de los tachos de basura municipales. Tiene una visera en la cabeza y está apenas abrigado. El pibe que pasa a su lado, de pantalones holgados y zapatillas Nike Jordan, se saca un auricular inalámbrico decidido a responderle, pero continúa su marcha apurada. “Ni idea, amigo”.

Una pregunta sin respuesta, tanto en la teoría como en la práctica. ¿Qué son las vacaciones de invierno? ¿Son cuando un chico termina la primera parte del ciclo lectivo? ¿El hombre de los contenedores goza de vacaciones de invierno? Las puertas de las casas tienen escombros, bolsas de cal, ladrillos apilados. En enero, ya con el regreso del calor, es difícil encontrar tiendas con descuentos del 50, 30 o 15%, promociones con Modo o Mercado Pago, cuotas y cuotas interminables. Los policías, con boina bordó y chalecos verde guerra como si estuvieran en la Batalla de San Lorenzo, hacen un operativo a una casa de jóvenes alquilada para fiestas. Se meten en la pelea de jubilados por la posición de una sombrilla, uno que llegó primero y el otro que dice que siempre para en ese lugar. O ayudan a una familia despistada a localizar al despistado de su hijo. Y así se les va el verano. En temporada baja, parados frente al cartel homenaje "La ciudad de Pinamar, a su creador, Jorge Bunge. Octubre de 1962", parecen esculturas vivientes. Para colmo, están los loros. 

“Dale, botón, ayudá a cruzar la calle a la señora. Sacate la gorra y dejá a los pibes pasar con las motos con el escape pinchado. ¿Dónde está nuestro amigo El Toooopo, topo, churros?”

Una policía camina rumbo al McDonald 's, entre departamentos con moho y paredes despintadas, mientras el viento se le cuela por el cuello del uniforme. Se pasa crema de cacao por los labios entrecortados. Sus botas relucen, novatas de bronca. El conflicto a solucionar era imprevisto. Los empleados lugareños mantenían la calma, andaban a paso lento y charlaban mientras despachaban las hamburguesas McÁlvarez, Mc Fernández y Mac Allister. Los turistas, en cambio, estaban ansiosos y molestos: uno, con suéter anudado al cuello, reclamaba por una Cajita Feliz sin el juguete correspondiente. Otro, por un vaso de café con la tapa floja. La policía, con cuatro o cinco palabras, terminó la disputa. El resto siguió colgado en las pantallas táctiles para hacer pedidos. Ella regresó a su característica vigilancia de la nada.

El mar, las antenas de DirecTV, las casillas de los guardavidas, el tufo que sale de las canillas y algunos loros desorientados son los únicos remanentes del verano. Ahí está, entonces, la respuesta que nadie le dio al hombre del tacho: las vacaciones de invierno son la pausa del colegio. La cartelera del cine Oasis lo confirma: en una misma semana da Minions subtitulada y doblada, Madagascar subtitulada y doblada, Moana subtitulada y doblada, Toy Story 5. El recuerdo del verano deja a los padres en situaciones entre chistosas y patéticas. “Nos sacamos una todos juntos, arriba de la tabla, haciendo surf”, comenta una madre en la puerta de la heladería El Piave, en una tarde donde las merluzas del muelle llegaron con traje de neopren puesto.

La farsa veraniega termina en el congelado tobogán playero. O mientras se camina por Pinamar Norte, la zona de los exclusivos chalets: sin bolsas en los tachos y sin autos en las entradas de las casas, la calle parece la previa a un after beach sin invitados. El sentimiento es que algo siempre está por pasar. Suena un caño de agua. Nada más ocurre. 

Cerca de la terminal de micros, en la entrada a la ciudad, el hombre de la visera todavía busca, saca, guarda, tira. Los loros tampoco saben cuándo terminan las vacaciones de invierno, si es que han empezado. Uno de ellos, aburrido en la cúspide, cita al loro que el músico Ricardo Iorio cuidó en su casa: “Me dejaron solo acá, loco”.