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UN DÍA EN UN GIMNASIO DE LOMAS DE ZAMORA

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Por Franco Polzelinka. Son las cuatro de la tarde y el movimiento en el gimnasio empieza a cobrar cuerpo. A esa hora el espacio funciona de manera similar a una pileta de natación a la que le están abriendo la canilla: hay espacio de sobra entre los andariveles, las máquinas de musculación están libres y el murmullo de la música de fondo amortigua el choque de los primeros discos metálicos. En la entrada, las recepcionistas saludan a cada persona que cruza la puerta automática. Joselyn, de origen colombiano, sonríe detrás del mostrador mientras orienta a un usuario que intenta loguearse en la app del gimnasio. 

"A partir de las cuatro el flujo no para hasta la noche; la idea es que la gente sienta que entra a un lugar organizado desde el primer segundo", comenta en un respiro entre consulta y consulta. Para ingresar no hay carnets ni fichas: cada socio apoya la pantalla de su celular con la aplicación oficial en el lector del molinete, que emite un pitido seco y destraba el acceso.

El edificio está distribuido en tres plantas. En la planta baja, hileras de cintas para correr, elípticos y plataformas de poleas estructuran el espacio. La actividad empieza en los vestuarios, donde se escucha de fondo el golpe constante de los lockers de metal al cerrarse y el correaje de los bolsos. En los pisos superiores, a las 16:15, Rodrigo, de 22 años, ajusta el tope de una barra olímpica en el primer piso. Lleva auriculares grandes y una botella de agua de dos litros. "Vengo a esta hora porque después de las seis se complica conseguir un banco libre. Prefiero meter dos horas de hipertrofia de corrido y liquidar la rutina temprano", explica sin sacarse del todo los auriculares. 

Con el paso de las horas, la ocupación del gimnasio cambia de escala. Hacia las 18:00, la marea alta es evidente. El movimiento de gente que llega directo del trabajo o de la facultad llena los tres niveles. En el Salón de Usos Múltiples (SUM) empieza la clase de Cross Funcional, dictada por la profesora Ailén. La dinámica dentro de la sala muestra un código social particular: varios socios entran diez minutos antes no solo para estirar, sino para guardar espacio, colchonetas o mancuernas a sus amigos y asegurarse de entrenar en grupo.

Muchos usuarios optan por rutinas combinadas. Esteban, de 46 años, es uno de ellos. Trabaja en una oficina del centro y pasa primero por el sector de musculación para hacer ejercicios de espalda antes de sumarse a las clases grupales. "Si me voy a mi casa directo del trabajo, me quedo sentado en el sillón y no salgo más. Acá vengo, le meto a las máquinas un rato y después voy a la clase a terminar", sintetiza mientras se seca la frente con una toalla.  A las 19:00, el SUM cambia de sonido cuando Candela toma la conducción de la clase de Zumba. Los ritmos latinos y las coreografías aceleradas ocupan la totalidad del salón.

El clímax del turno tarde ocurre a las 20:00 con la clase de Funcional, la más concurrida de la grilla diaria. En esta oportunidad coincide una convocatoria de 34 personas en simultáneo. El espacio se aprovecha al máximo: se arman estaciones de trabajo con pesas rusas, bandas elásticas y demás elementos. La heterogeneidad del grupo es notable. A pocos metros de jóvenes universitarios entrena Estela, de 61 años, quien comenzó a ejercitarse por primera vez en su vida hace pocos meses. Estela asiste a las clases de Funcional y Cross Funcional cada vez que puede. "Jamás pisé un gimnasio en mi vida por vergüenza, pero acá encontré un grupo hermoso. Los chicos me ayudan con las cargas y la profesora adapta todo para que yo pueda seguir el ritmo a mi manera", cuenta con entusiasmo al finalizar una serie de estocadas.

A lo largo de la jornada, la atención al detalle operativo y el mantenimiento resultan visibles. El equipamiento y los materiales se ven prácticamente nuevos, sin desgastes en los tapizados de los bancos ni en la goma de las mancuernas. Apenas finaliza cada clase grupal, un trabajador del equipo de limpieza ingresa al SUM con pulverizador y paños para desinfectar y repasar las colchonetas una por una antes de guardarlas en los estantes.

Hacia las 21:00, la exigencia física empieza a mostrar su impacto en el ambiente. Aunque la gente ingresa al establecimiento con rostros serios, gestos de cansancio y los hombros tensionados por la jornada laboral, la salida muestra un contraste marcado. Las posturas cambian, los rostros se relajan y aparecen las conversaciones distendidas en la puerta. Esta transformación tiene una explicación biológica documentada: la actividad física promueve la segregación de endorfinas y neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, sustancias asociadas a la regulación del estado de ánimo y la disminución del dolor. Al mismo tiempo, el ejercicio reduce los niveles de cortisol, la hormona vinculada al estrés acumulado.

A las 21:30, la pileta vuelve a vaciarse. Los molinetes suenan con menor frecuencia y en los pisos superiores las luces de algunos sectores comienzan a apagarse. Joselyn despide a los últimos socios desde la recepción mientras los vestuarios quedan en silencio. A las diez de la noche, las persianas bajan y el gimnasio recupera la quietud, listo para reiniciar el circuito al día siguiente.

Imagen ilustrativa creada con Gemini AI - La imagen no refleja el lugar de la crónica